Texto:José Antonio Melgares Guerrero

        Cronista Oficial de Caravaca.


A partir del domingo día 10 de enero, y durante todo el año que acaba de comenzar, Caravaca abre las puertas de la hospitalidad a cuantos, por motivos diferentes, opten por visitar la ciudad, si bien la razón más común será de tipo espiritual. Muchos vendrán con un programa concreto, pero otros muchos
lo harán sin norte definido. A unos y otros les sugiero una forma más de visitar la ciudad.


Si aceptas mi consejo abandona la autovía del Noroeste por la salida Oeste y aparca tu vehículo en las inmediaciones del Templete no después de las diez de la mañana. Hay café y bocatas por allí para comenzar la visita con la fuerza física necesaria.


El Templete es edificio de traza barroca, del maestro José López concluido en 1802, que se erigió para albergar la ceremonia ritual anual del baño de la Vera Cruz cada tres de mayo. También allí comienza el período más importante de las fiestas anuales que la ciudad dedica a su Patrona entre el 1 y el 5 de dicho mes: la denominada Misa de Aparición.


En su entorno se ubica el antiguo Monasterio de San Jerónimo (hoy Casa de Cultura), la Casa de San Juan de la Cruz y la renacentista Iglesia Parroquial de la Concepción (recientemente restaurada), con artesonado mudéjar y bellos retablos e imágenes barrocas. Su torre se conoce desde antiguo como de los Pastores y es uno de los referentes urbanos de la ciudad.

A un tiro de piedra (como diría el Santo Poeta de Fontiveros), el  Convento del Carmen, fundado personalmente por San Juan de la Cruz en 1586, durante una de las siete ocasiones documentadas en que visitó la ciudad.


Muy cerca, aún en la Glorieta, el monumento al Santo Carmelita, obra del escultor Rafael Pí Belda, de 1986. Desde aquí, por la calle del pintor Rafael Tejeo, el peregrino descubre abundantes casas palaciegas barrocas, con escudos de armas asomados a sus fachadas, como el de los Condes de Santa Ana de las Torres (o Casa de la Virgen), la del Marqués de San Mamés y el palacio de la Encomienda, ya muy cerca del imponente edificio de la Compañía de Jesús, inmueble barroco erigido entre 1700 y 1767, fecha en que al Orden fue expulsada de las tierras de España.


Frente a su portada, por la Cuesta de los poyos se puede ascender a la Placeta del Santo, donde se levanta la vieja ermita medieval de San Sebastián, cuyo presbiterio está decorado por pinturas góticas de la época de los Reyes Católicos; y luego descender por la Cuesta de las Monjas hasta encontrarse con el Monasterio de San José (hasta hace poco habitado por una comunidad de Monjas Carmelitas Descalzas), fundado en 1576, viviendo Sta. Teresa de Ávila. Su interior es barroco rococó, con retablos de Agustín López y Miguel Calzado de 1705 y 1769 respectivamente.


Muy cerca ya, queda El Salvador (que merece comentario aparte), pero aún se tiene tiempo de recuperar fuerzas en la cercana Plaza del Arco y sus inmediaciones. Al lugar referido dan la bienvenida el moro y el cristiano de bronce que integran el Monumento a la Fiesta, también obra del escultor Rafael Pi Belda, de 1984. Y presidiendo el especio: el Ayuntamiento, cuyos planos se deban al arquitecto conquense Jaime Bort, habiendo sido ejecutada la obra por el maestro local Antonio del campo, quien la concluyó en 1762.


Todos los caminos conducen a Caravaca
, y por todos ellos llegan los peregrinos, pero ya en la ciudad, el último tramo del camino lo hacemos todos juntos, sin importar la precedencia, ni el idioma, ni el color de la piel. La concentración es al filo del medio día en El Salvador, donde tiene lugar la bienvenida jubilar y, desde donde, siguiendo a una cruz de madera mientras cantan las campanas de su torre, el grupo se dirige al Castillo, meta de la peregrinación, por las calles empinadas y sinuosas del barrio medieval.


Ya en la explanada, el acceso al templo se hace por al Puerta Santa o de San Lázaro, en cuyo dintel se cuenta, grabado en piedra, el final de aquella obra grandiosa el 3 de mayo de 1703.


Si el peregrino es sensible a las emociones sacras, el momento esperado, culminante y por el que ha merecido la pena llegar hasta aquí, se produce en el instante del encuentro con la Reliquia de la Vera Cruz, que el sacerdote muestra antes de dar comienzo la eucaristía.


Tras la misa, el peregrino o turista tiene aún tiempo para visitar la  Basílica y el Museo de la Cruz. Comer en alguno de los restaurantes de la ciudad y emplear la tarde en la visita al resto de su tejido monumental: Monasterio de Santa Clara, la Ermita de la Reja, los museos de la Fiesta, Arqueológico, de Etnología en Miniatura y del escultor Carrilero, además del monumento al festejo de los Caballos del Vino e incluso visitar el paraje de Las Fuentes del Marqués.


Al caer la tarde, el peregrino no debe marchar sin antes recuperar fuerzas para afrontar el regreso. Los bares y tabernas del centro urbano ofrecen amplia variedad de tapas propias de la tierra. Tampoco debe olvidarse el peregrino de cuantos aguardan su presencia en el lugar de partida. Para llevar algo en las manos a aquellos hay, también en el centro urbano, gran oferta de recuerdos, Yemas de Caravaca y Vino de la Cruz.


Al partir, ya con la ciudad iluminada, el visitante marcha con el corazón rebosante de emociones y vivencias, y hasta con el deseo de volver a repetir y completar la experiencia. Si así lo hace, no le defraudará un segundo y hasta un tercer encuentro con la Cruz, en estas tierras del Noroeste, otrora defendidas, custodiadas y regidas, primero por Templarios y luego por Santiaguistas.



 
  1. Viñeta peregrino que llegas a caravaca de la cruz, el cronista oficial de la ciudad te propone la siguiente ruta para descubrir la ciudad y la vera cruz de caravaca en unas horas